Un grafo temporal como memoria organizacional: construcción y primera evaluación
Un grafo construido cada noche desde las bitácoras del equipo pasó de 28 % a 80 % en ubicar la fuente correcta entre los cinco primeros resultados, sobre 25 decisiones reales. Una medición posterior, con otro banco y un criterio que exigía responder la pregunta, indica que ese criterio sobreestimaba su utilidad.
La memoria organizacional, definida como la información de la historia de una organización que puede aplicarse a decisiones presentes (Walsh y Ungson, 1991), tiene hoy una versión computacional en la memoria de agentes basada en grafos temporales (Rasmussen et al., 2025), que se evalúa con la exactitud de la respuesta. Muchos sistemas internos, en cambio, se evalúan solo por si la fuente correcta aparece entre los primeros resultados, y así se evaluó el sistema que aquí se describe.
nuestro aporteDescribimos un sistema que ancla sus entidades a registros curados por personas y asigna vigencia temporal a cada hecho, y documentamos una lección de método: en la medición posterior, el grafo traía la fuente correcta más a menudo que la alternativa y aun así respondía menos, de modo que la presencia de la fuente no basta como criterio. Se mantiene publicado, marcado como superado, por esa lección.
la preguntaEl porqué de las decisiones de una empresa vive en cabezas. Cuando quien lo sabía se va, se lleva qué alternativa se descartó, cuándo y con qué argumento. Las bitácoras del equipo, los registros diarios de trabajo por proyecto, ayudan, pero el texto suelto no sabe de relaciones ni de tiempo: no distingue que algo fue cierto hasta cierta fecha y después dejó de serlo. ¿Puede una memoria armarse sola desde ese trabajo diario y responder cuando alguien pregunta?
lo que construimosCada noche, un proceso lee las bitácoras del día con uno de los modelos de lenguaje más capaces del momento y teje un grafo: personas, proyectos, eventos y decisiones, con sus vínculos. Lo llamamos dream porque hace lo que hace el sueño: consolidar de noche lo vivido durante el día. Dos decisiones de diseño importan. Los nombres de personas, clientes y proyectos se anclan a nuestras tablas de negocio, curadas por personas, para que el modelo no invente entidades. Y cada hecho lleva fecha de vigencia: cuando algo cambia, el vínculo viejo no se acumula, se invalida y se reemplaza.
Para consultarlo seguimos un método inspirado en cómo el cerebro recupera recuerdos: se identifican las entidades que menciona la pregunta, se usan como puntos de partida y la señal se propaga por el grafo hasta traer los pasajes de bitácora relevantes.
el criterioUn sistema de memoria que no se mide es un adorno. Armamos un examen de 25 decisiones reales del equipo, cada una verificada a mano contra su bitácora fuente. Acierto: que el pasaje fuente correcto aparezca entre los cinco primeros resultados. Un banco chico a propósito: preferimos 25 preguntas duras a 500 blandas.
el resultadoEl primer resultado fue de 28 % de aciertos. Diagnosticamos, corregimos el buscador del grafo, y llegó a 8 de cada 10, con la respuesta correcta cerca del segundo lugar en promedio. El examen quedó institucionalizado: de él salió una batería de 20 pruebas automáticas que corre ante cada cambio, y ningún cambio que baje del 80 % entra al sistema.
El examen medía si la fuente correcta aparecía entre los resultados. No medía si alguien, con esos resultados en la mano, lograba responder. Cuando meses después medimos eso, con 95 preguntas y un lector real, el grafo contestó 26 y leer el estado del proyecto contestó 80. Ese estudio lo sacó del camino de respuesta. Este queda publicado tal como se escribió, con la marca de superado, porque la disciplina que enseña, medir antes de creer, anclar el modelo en datos curados por personas y decir en voz alta lo que falta, es la que sobrevivió.